Lo que comenzó como una idea para realizar un carnaval universitario terminó convirtiéndose en una manifestación cultural que fue ampliando su presencia y representación de distintas regiones del país. La historia de la Entrada Universitaria comenzó a tomar forma a fines de 1987 y se hizo realidad en 1988, cuando estudiantes y agrupaciones folklóricas se sumaron a una primera versión que reunió a nueve fraternidades y recorrió desde San Francisco hasta el Monoblock de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA).
El historiador Fernando Cajías, reconocido como uno de los impulsores y fundadores de la Entrada Universitaria, recuerda que la iniciativa surgió junto a Luis Sempértegui, comunicador social. La propuesta era realizar un carnaval universitario que permitiera a los estudiantes participar directamente de las expresiones folklóricas del país.
Aunque la primera Entrada se realizó en 1988, los preparativos comenzaron a gestarse meses antes. Sempértegui recuerda que conoció a Cajías en 1984 y que, después de aquel encuentro, ambos coincidieron en la necesidad de recuperar la Llamerada, que había quedado trunca tras el golpe de García Meza.
“Nos reunimos en el Atrio de la UMSA, con Fer y un grupo de entusiastas, donde se decide refundar la Llamerada”, relata Sempértegui.
Durante 1985 y 1986, Sempértegui formó parte de la directiva de los Llameros. Posteriormente, Cajías le sugirió incorporarse a Extensión Cultural de la UMSA, donde comenzó a trabajar en actividades relacionadas con el folklore.
Desde ese espacio, Sempértegui inicialmente se propuso conformar un Ballet Folklórico Universitario. Sin embargo, la falta de una infraestructura adecuada llevó a descartar esa idea. Sus constantes viajes al Carnaval de Oruro y la participación de jóvenes paceños en esa festividad lo llevaron entonces a plantearse otra posibilidad: llevar una manifestación folklórica similar al ámbito universitario de La Paz.
Una idea que tuvo que abrirse paso
La propuesta debía conseguir además el respaldo de las autoridades universitarias. Sempértegui recuerda que tuvo que presentar el proyecto ante el Consejo Universitario. La iniciativa no fue recibida de manera unánime. En una de esas sesiones, recuerda, un decano cuestionó la propuesta con una frase que quedó en su memoria: “a la Universidad se viene a estudiar y no a bailar”.
Pese a las dudas, el proyecto siguió adelante. El objetivo, según Sempértegui, era que los universitarios se identificaran con la cultura boliviana y participaran directamente en sus expresiones folklóricas, entendiendo también que la formación académica debía estar vinculada con el contexto social. La convocatoria tampoco tuvo una respuesta inmediata. Enero y febrero de 1988 fueron meses de búsqueda y de incertidumbre. Aunque la convocatoria había sido difundida en los pasillos de la Universidad y en algunos medios, las inscripciones todavía no avanzaban.
Ante esa situación, Sempértegui comenzó a buscar personas vinculadas con fraternidades folklóricas. Entre los primeros en comprometer su participación estuvieron José Luis Etien y Jorge Godines, en representación de los Caporales Centralistas; Reynaldo Guerra, de Antawara La Paz; e Iván Paredes, de los Kusillos Pico Verdes. También se sumó el profesor Freddy Bustillos, docente de la Carrera de Turismo, quien impulsó la participación de sus alumnos con danzas de Salaque y Diablada. A ellos se incorporaron jóvenes con trajes típicos de Bolivia y la Facultad de Agronomía, que participó con una Tarkeada.
La Llamerada San Andrés también tuvo un papel importante en el inicio. Su participación tomó tiempo en confirmarse, debido a que sus representantes consideraban que el prestigio alcanzado por la fraternidad no correspondía con participar en actividades que no tuvieran relevancia. Finalmente, fue Cajías, entonces presidente de la agrupación, quien los convenció de participar.
A ellos se sumaron los estudiantes denominados Markas Laycu, que ingresaron interpretando Kantus. Estos grupos fueron los primeros en darle forma a la iniciativa y terminaron convirtiéndose en un impulso para que más universitarios se incorporaran.
1988: el primer paso
La primera exhibición de la Entrada Universitaria contó con nueve fraternidades, que interpretaron distintos bailes típicos de la región. El recorrido se realizó desde San Francisco hasta el Monoblock y la actividad tuvo una duración aproximada de dos horas. Entre los participantes estuvieron la Llamerada San Andrés, los Sicuris de Italaque, comparsas como los Pepinos y el Gusanito de Arquitectura, además de invitados como los Caporales Centralistas.
Para Cajías, los comienzos fueron modestos. La iniciativa que posteriormente reuniría a una cantidad mucho mayor de participantes arrancó con apenas unos cuantos grupos. “Los entretelones se iniciaron a fines de 1987, cuando empezó a madurar la idea”, recuerda el historiador.
Cajías también rememora los primeros días de convocatoria por las distintas facultades de la UMSA: “Caminaba por las distintas facultades de la UMSA, con mi lata de engrudo (harina con agua), pegando afiches convocando a la primera Entrada”.
De nueve fraternidades a más de 70 grupos
El crecimiento fue rápido. En 1989, un año después de la primera versión, participaron más de 40 grupos, entre ellos Caporales, Antawaras y Diablada.
Para 1990 llegó lo que fue considerado el año de consolidación de la Entrada Folklórica Universitaria. Se habilitaron libros de inscripción para la tercera versión y el número de participantes superó los 70 grupos. La jornada también había cambiado de dimensión: comenzó cerca del mediodía y concluyó después de las 21:00.
En menos de tres años, aquella actividad que en 1988 había durado aproximadamente dos horas ya tenía una convocatoria mucho mayor. Pero el crecimiento no fue únicamente numérico. Con los años, la Entrada también fue ampliando las expresiones culturales que llegaban a las calles de La Paz.
2005: nuevas danzas llegan a la Entrada
Uno de los momentos de esa expansión ocurrió en 2005, cuando seis danzas autóctonas fueron presentadas por primera vez en la Entrada Universitaria, según informó la Asociación de Conjuntos Folklóricos. Se trató de los wititis, del altiplano paceño; amor tacawa, de San Buenaventura, La Paz; salaque, de Cochabamba y Potosí; danza puna; chiriguana de Umala, La Paz; y kallawaya, también de La Paz. Estas danzas fueron incorporadas a partir de investigaciones, ampliando así la presencia de expresiones culturales dentro de la Entrada.
Casi cuatro décadas después de su primera versión, la participación estudiantil había crecido hasta superar las 70 fraternidades. La expansión también alcanzó la geografía cultural de la Entrada, que incorporó expresiones de Tarija, Potosí, Chuquisaca, Oruro, la Amazonía y distintas comunidades del país.
Para Cajías, esa diversidad representa uno de los elementos centrales de la manifestación. “Hay una integración cultural a través de esta entrada que no solo conecta La Paz, sino el folklore de varias regiones del país”, señaló, según información oficial de la casa de estudios superiores. El historiador también hace una precisión sobre el concepto de rescate cultural: “No se trata de rescatar danzas, porque las comunidades nunca dejaron de practicarlas, sino de contribuir a visibilizarlas”.
Según Cajías, algunas de esas expresiones permanecen profundamente ligadas a sus lugares de origen y encuentran en la Entrada de la UMSA una oportunidad para ser conocidas por más personas.
Una Entrada conectada con las comunidades
Esa relación con las comunidades también está presente en la música y en las personas que mantienen vivas estas expresiones. Conjuntos de comunidades afrobolivianas acompañan la saya de los estudiantes. Los Sicuris de Italaque participan junto a la Facultad de Agronomía, mientras que los moseños de la provincia Aroma acompañan a la moseñada de la Carrera de Lingüística.
De esta manera, las danzas no llegan únicamente como una representación universitaria, sino acompañadas por personas y conjuntos vinculados con las expresiones culturales que los estudiantes presentan. Cada danza tiene una historia que los universitarios buscan conocer antes de llevarla a las calles.
Una tradición que trascendió la Universidad
Para sus impulsores, la iniciativa no buscaba únicamente organizar una actividad festiva. Uno de sus principales objetivos era fortalecer la identificación de los universitarios con las expresiones culturales del país y promover su participación en la defensa del patrimonio. Con el paso del tiempo, la actividad también comenzó a involucrar a docentes y administrativos, además de estudiantes.
Sempértegui recuerda que tampoco imaginó que la música folklórica cultivada dentro de la Universidad llegaría a tener presencia en otros espacios. Según su relato, la Entrada contribuyó a que ritmos como la morenada, la diablada y el tinku comenzaran a ocupar espacios donde antes tenían poca presencia. También destaca que el fenómeno trascendió a la propia UMSA y comenzó a reproducirse en otras universidades del país, con nuevas Entradas Universitarias que se fueron consolidando.
La década de 1980, recuerda Sempértegui, también fue un periodo de importantes aportes culturales en La Paz, con el surgimiento de agrupaciones como la orquesta criolla Música de Maestros, la estudiantina de carnaval Los Olvidados y el elenco de humor político Confidencias.
Así, aquella iniciativa que comenzó entre reuniones, convocatorias, afiches pegados con engrudo y la búsqueda de grupos que quisieran participar fue creciendo con los años.
En 1988 fueron nueve fraternidades. En 1989, más de 40 grupos. Para 1990, más de 70. Y con el paso del tiempo, la Entrada no solo aumentó su convocatoria, sino que amplió el mapa cultural que representa, incorporando danzas, músicas y expresiones vinculadas con distintas regiones y comunidades del país.
Lo que nació como un carnaval universitario terminó construyendo una historia propia dentro de la UMSA: una celebración en la que los estudiantes no solo salen a bailar, sino que buscan conocer las historias y expresiones culturales que llevan a las calles.
Fuente: Sala de redacción En Conexión



